patas cortas

Las cosechadoras de Angola dejaron al desnudo al “relato industrialista”

Dos años después de que Cristina se subiera a un prototipo de la empresa que Senor, aquel acuerdo comercial histórico con Angola, se vio frustrado por la quiebra de la empresa. El caso dejó al descubierto los defectos del modelo.
viernes, 4 de abril de 2014 · 09:05

NECOCHEA (Cuatro Vientos) - La presidente, Cristina Fernández de Kirchner, encabezó por marzo de 2012 un acto en Casa Rosada, junto al gobernador de Entre Ríos, Sergio Uribarri, y los dueños de la fábrica de cosechadoras Senor.

El evento, organizado por el Gobierno nacional y el entrerriano, era para mostrar las máquinas que irían a la misión comercial a la República de Angola. Senor había firmado un convenio de ventas de 18 cosechadoras Maag Mitos, tolvas, plataformas y el desarrollo de servicios de cosecha en forma conjunta por un total de 30.000 hectáreas.

En la explanada de la Casa Rosada, la presidenta Cristina Kirchner iba a conocer las cosechadoras que la Argentina exportaría a Angola, en un verdadero hito para la industria nacional.

Poniéndole al mal tiempo buena cara, Cristina, junto con la ministra de Industria, Débora Giorgi, y el gobernador entrerriano, Sergio Urribarri, soportaban la llovizna mientras ascendían por la escalerilla que los llevaba hacia la cabina de manejo.

La entusiasta locutora que anima los actos oficiales comentaba que la lluvia era el "bautizo" de esas máquinas, cuyo funcionamiento era explicado por Urribarri a la Presidenta con indisimulado orgullo.

"Representan el trabajo, la producción y la apuesta al crecimiento de la República Argentina", señalaba la locutora.

Leyendo el documento escrito por la Casa Rosada, agregaba que gracias a las rondas de negocios realizadas durante la misión comercial a Angola, los empresarios de la firma entrerriana Grandes Máquinas, del grupo Senor, habían logrado un acuerdo con la angoleña Lumaka Comercial, para la provisión de 18 cosechadoras "Maag Mitos", tolvas y plataformas, así como el desarrollo de servicios de cosechas para 30.000 hectáreas.

"El mercado agropecuario africano representa una gran oportunidad debido a la enorme necesidad de tecnología en maquinaria agrícola y la transferencia de know how para mejorar sus cosechas, siendo éstas dos de las grandes ventajas con las que cuenta el grupo Senor", se escuchaba por los altoparlantes, mientras Cristina observaba esos enormes equipos.

Mientras tanto, la oficina de prensa de la Presidencia emitía un comunicado en el que explicaba que las mismas estaban equipadas con tecnología de punta. "Son de alta calidad y confiabilidad para atender el mercado interno y externo, permitiendo la generación de nuevos puestos de trabajo, la sustitución de importaciones y la exportación de productos argentinos".

Y, respecto de la empresa, afirmaba que se trataba de "un grupo con una trayectoria de más de 100 años en la fabricación de maquinaria agrícola".

Las imágenes de aquella tarde muestran con elocuencia la alegría de la Presidenta. Sonriente, recibía placas recordatorias y saludaba al público. Es sabido que pocas cosas le causan más satisfacción que inaugurar plantas industriales o dar inicio a nuevas líneas de producción.

Por ese entonces, el tema central al que Cristina volvía recurrentemente en su discurso era la "industrialización de la ruralidad".

El argumento era que había que superar la histórica antinomia entre "campo o industria", por la vía de alentar una industrialización en torno a las ventajas naturales del país, sin caer en la mera producción de materias primas sin "valor agregado", otra de sus expresiones preferidas.

Las cosechadoras de Senor calzaban a la perfección con el "relato": eran de industria nacional vinculadas con la agricultura, y se trataba de una empresa surgida del interior profundo, que producía con tecnología de punta.

Pero no sólo eso, sino que era una firma que había logrado potenciar sus capacidades gracias a la decidida intervención estatal. Primero, en lo financiero, porque Grandes Máquinas había recibido un subsidio de $5 millones por parte de la provincia de Entre Ríos.

Y además, claro, había logrado una proyección internacional gracias a la diplomacia comercial inaugurada por el kirchnerismo, que priorizaba la exploración de nuevos mercados, en una estrategia "sur-sur" que le permitiera al país desligarse de las penurias económicas que vivían Europa y el mundo desarrollado.

Esa jornada, el acto de presentación de la cosechadora fue la noticia del día y los informativos de la TV pública destacaron que "son máquinas totalmente fabricadas en el país, desde la primera hasta la última pieza".

El énfasis parecía especialmente pensado para disipar por adelantado las críticas como las que había recibido Cristina seis meses antes, cuando había presentado "el primer Blackberry producido en la Argentina", que por cierto se trata de un aparato ensamblado en Tierra del Fuego, con todas sus partes procedentes de China.

La incómoda realidad

Pero, como tantos otros capítulos del "relato", el caso de las cosechadoras argentinas que revolucionarían la agricultura africana adolecía de un problema: no era real.

Ya pocas semanas después de la misión a Angola y la presentación pública, surgían voces disconformes de proveedores que criticaban al grupo Senor.

Una de ellas era la de Daniel Huarte, dueño de la empresa cordobesa Plásticos de Camiones, a cargo de la carrocería de la máquina, que ponía una nota de alarma.

No solamente se quejaba de tener cinco cheques impagos -en una situación que también compartían otros proveedores- sino que advertía de algo peor: las famosas 18 cosechadoras no existían.

La empresa únicamente tenía oficinas de representación comercial pero ninguna planta industrial.

Y lo único fabricado por Senor era el prototipo presentado a la Presidenta que, además, contaba con "bajísimo nivel técnico", denunciaba Huarte.

"Nos les importaba nada, era un menjunje de masilla y cartón, todo para llegar a la fecha de la presentación. La cosechadora se cae sola, se empieza a descascarar", decía el proveedor en una entrevista.

Luego se conocieron también las denuncias provenientes de Formosa, donde el mismo grupo empresario, en 2008, había presuntamente estafado a terceros durante el supuesto proceso de fabricación de maquinaria para exportar a la Unión Europea y Rusia.

Las sospechas fueron creciendo, al punto que se inició una investigación en el Congreso. La diputada Virginia Linares, del GEN, se había hecho eco de las denuncias empresarias y solicitó al Gobierno información sobre el caso.

Según Linares, la firma habría librado 95 cheques, por un monto total de $1,86 millones rechazados por falta de fondos.

"No vaya a ser que una vez más nos quedemos en meros anuncios y en el otorgamiento de créditos diferenciales a empresarios ‘amigos' con problemas financieros", advertía.

El relato al desnudo

Ados años de ese "hito" del relato industrialista, las peores sospechas se confirmaron.

A Grandes Máquinas, del grupo Senor, se le declaró la quiebra y se le abrió una investigación por defraudación. Habría dejado un tendal de acreedores por una cifra estimada en 10 millones de pesos.

Entre los presuntos damnificados se encuentran el Fondo de Inversiones de Entre Ríos -que reclama $6 millones- la AFIP, que exige el pago de $778.000 y la Administradora Tributaria de Entre Ríos, a la que se adeuda $250.000.

Y, por cierto, nunca llegaron a los campos angoleños ni una de las 18 cosechadoras con el respectivo "know how" argentino.

Pero, más que dejar en evidencia los defectos en los controles sobre cómo se conforman misiones oficiales o sobre cómo se otorgan fondos públicos, el caso del grupo Senor viene a revelar algo más grave: que el relato industrialista está desnudo.

No es, por cierto, algo que no supieran algunos economistas.

Una investigación de Rogelio Frigerio, descendiente de uno de los máximos referentes del desarrollismo, argumenta que, a contramano del "relato" kirchnerista, no ha habido un proceso industrializador.

El peso relativo de la industria respecto del total de la economía ha llegado a un 16,4%, lo cual la ubica por debajo de la denostada década de los '90, cuando el promedio fue de 17,2%, afirma.

No sólo eso. Frigerio sostiene que el repunte industrial de los primeros años del kirchnerismo descansó sobre la capacidad ociosa de las fábricas reequipadas en los años '90, así como en los precios inusualmente favorables que dejó la devaluación de 2002.

"La estructura productiva argentina continúa dominada por los servicios. Es más, a partir de 2007 se puso de manifiesto un aumento del peso relativo de ese sector en detrimento de la industria y de la construcción, que bajaron con relación al nivel que tenían en 1998", dice Frigerio.

Otro estudio del centro Cippec advierte que las políticas de industrialización tradicional, basada en la sustitución de importaciones, cuentan con escasas posibilidades de éxito. Y pone énfasis en la especialización para integrar redes de producción global.

"El proteccionismo aumenta los costos de los sectores industriales locales altamente dependientes de los insumos extranjeros",apunta Eduardo Levy Yeyati, uno de los autores de la investigación.

En tanto, la consultora Abeceb destacó que el "pico" industrializador de la primera etapa kirchnerista estuvo posibilitado por los bajos salarios en términos de dólares que había dejado el fin del "uno a uno".

"Agotados estos efectos, producto de la creciente dinámica inflacionaria, la estrategia oficial se orientó fundamentalmente al proteccionismo comercial y a subsidiar las tarifas energéticas", describióDante Sica, director de Abeceb.

Muchos argumentan que el crecimiento del rubro servicios no es en sí un mal síntoma, dado que es lo que caracteriza a casi todas las economías desarrolladas. Claro que en el caso del "modelo K" hay un detalle: en una década, la nomina de empleados estatales se agrandó en 1.650.000 personas, según datos del economista Orlando Ferreres.

En términos de crecimiento porcentual, esto implica un impactante 72% de incremento, lo cual ayuda a entender la persistencia de bajas tasas de desempleo a pesar del estancamiento de las contrataciones en el sector productivo.

Una situación de pleno empleo fomentada por el crecimiento industrial, requeriría, al decir de Ferreres, "aumentar la inversión bruta interna fija del 18-21% del PBI en que está actualmente al 28-30% del PBI, como en Ecuador y otros 40 países cuyas economías crecen dinámicamente".

Lecciones de fracasos históricos

El caso de las cosechadoras amenaza con transformarse en un símbolo de la década K.

En rigor de verdad, en todos los ciclos políticos ha habido historias de éxitos y fracasos. Pero acaso estos últimos son los más representativos de cada época.

Así, para el desarrollismo, de los años '60, el símbolo del fracaso fue el declive de la empresa Siam, que en sus días de gloria había masificado el uso de heladeras y que -en su momento más ambicioso- competía con las grandes automotrices del mundo con el modelo que manejaba "Rolando Rivas, taxista".

En los '70, el fracaso del plan de José Martínez de Hoz fue la quiebra del Banco de Intercambio Regional, a la que siguió la bancarrota en cadena de 37 bancos, algo que marcó el fin del modelo de la "plata dulce" basado en el endeudamiento.

En los '80, el símbolo fue el colapso de los servicios públicos, mientras que en los '90 el ejemplo fue el desplome de los fondos de "private equity", cuyo plan de negocios preveía que la economía seguiría creciendo a una tasa acelerada.

Hay fracasos y fracasos. El de las "cosechadoras de Angola" es de una elocuencia insuperable.

 

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