En los últimos años distintas investigaciones sobre la radicalización juvenil han detectado un aumento preocupante de la presencia y la actividad de actores de extrema derecha en espacios digitales frecuentados por jóvenes, algo que ha comenzado a expresarse en resultados electorales de todo el mundo, donde democracias antes percibidas como ejemplares hoy no són más que una mascarada del neofascismo aggiornado a valores capitalistas, como el caso de Donald Trump en Estados Unidos, Jair Bolsonaro en Brasil o Javier Milei en Argentina
En nombre de la libertad y el progreso, endilgando a todo sistema público las culpas de todos los males y con persecusiones permanentes a los grupos opositores, estos falsos referentes democráticos (en realidad neofascistas) tergiversan sistemáticamente todos los significados de sus discursos causando una disonancia cognitiva que habilita, por ejemplo, que un partido político postule los peores ejemplos de la sociedad como candidatos y aún así obtengan una victoria, como en el caso argentino, donde el candidato más importante de La Libertad Avanza apareció en una causa de lavado de dinero narco y aún así obtuvo el apoyo mayoritario de la población a pesar del fuerte abstencionismo.
Esa situación de disonancia tiene base en la población más joven de la sociedad, protagonista del brote neofascista a caballo de premisas falaces, fake news y una irresponsabilidad dirigente que no ha sancionado excesos y ha usado esa confusión para obtener pulsiones autoritarias y chauvinistas entre los más inexperimentados e impetuosos (en términos generales, la juventud)
Informes de investigación y think-tanks como el ISD de Estados Unidos indican que plataformas de alto alcance y foros cerrados —desde TikTok y X hasta Discord y Telegram— facilitan la difusión de mensajes violentos o conspirativos, la normalización del odio y el reclutamiento de audiencias jóvenes.
Los estudios que abordan la radicalización juvenil subrayan tres ejes:
1. Canales digitales que mezclan entretenimiento, ideología y comunidades;
2. Factores personales y sociales —aislamiento, crisis identitaria, problemas de salud mental o búsquedas de pertenencia— que predisponen a algunos jóvenes
3. Mecanismos de escalada (narrativas conspirativas, retos de grupo, “humor” normalizador) que transforman curiosidad en compromiso ideológico.
La literatura académica y de seguridad también destaca la importancia de los algoritmos: el contenido polarizante obtiene más interacción y con ello puede exponerse repetidamente a audiencias juveniles. Esas repeticiones además obtienen su "combustible" con el uso de granjas de trolls y militancia anónima que estimula las peores reacciones para establecer gradualmente climas de hostilidad permanente en la que se señala a todo el que piense distinto como un culpable de la situación merecedor de escarnio o agresión.
Estas dinámicas han estado vinculadas tanto a radicalización hacia la derecha como hacia otros extremos ideológicos. Hay en la actualidad un debate que intenta establecer las causas de la situación señalando las corrientes progresistas que caracterizaron las dos primeras décadas de este siglo como autoras de una serie de consignas reaccionarias que actualmente obtienen una respuesta radical en sentido opuesto gracias a los mecanismos binarios de las redes sociales.
Argentina no está exenta y la radicalización de la juventud ha llevado a casos alarmantes, como el intento de asesinato de la ex vicepresidente Cristina Fernández de Kirchner a manos de un grupo de jóvenes libertarianos neofascistas. Investigaciones y monitoreos locales han señalado un resurgir de redes y contenidos de extrema derecha en redes sociales y canales cerrados, así como episodios judiciales y operativos policiales que muestran la materialidad de la amenaza.
En 2024 las fuerzas federales detuvieron a personas acusadas de distribuir propaganda neonazi y de difundir material con instrucciones vinculadas a atentados; organizaciones como GPAHE han documentado un aumento de movimientos y discursos anti-minorías en el país. Cualquiera que navegue un momento en redes sociales puede ver a usuarios (mayoritariamente) jóvenes insultando y difamando al resto de los usuarios por diferencias de opinión, lo que alimenta el malestar y la impotencia del conjunto ante la falta de mecanismos de limitación a esos excesos.
Al mismo tiempo, fuentes oficiales y organismos de derechos humanos insisten en que la respuesta debe combinar investigación penal con políticas preventivas —educación cívica, fortalecimiento de memoria histórica y acciones contra la desinformación— para evitar que audiencias jóvenes sean captadas por redes violentas.
La evidencia exige prudencia y acción: prudencia para no sobregeneralizar procesos complejos y acción para mitigar riesgos reales. La política pública urge una política integral: regulación responsable de plataformas, programas escolares de alfabetización mediática y circuitos locales de detección y acompañamiento para jóvenes en riesgo. Desafortunadamente, en nuestro país esas políticas son justo lo opuesto a lo que usa el gobierno para alimentar su narrativa, algo que tarde o temprano va a decantar en una degradación de la conversación social que encamina todo hacia una espiral de violencia e intolerancia.