Las declaraciones recientes de Mauricio Macri en un ciclo de streaming reabrieron un debate profundo sobre cómo ciertos sectores del poder entienden la pobreza, los derechos sociales y el lugar que deben ocupar los sectores más vulnerables en la sociedad.
“El mundo está cada día mejor. Y un pobre de hoy vive igual o mejor que casi un rey de hace 100 años”, afirmó el ex mandatario, al tiempo que sostuvo que el problema es que el pobre “sabe todo lo que le falta tener” y que esa carrera por mejorar su vida es “una locura”.
Lejos de tratarse de una frase aislada o mal formulada, la afirmación expone una mirada ideológica que relativiza la pobreza actual y naturaliza la desigualdad.
Comparar la vida de un pobre del siglo XXI con la de un rey de hace cien años es un recurso discursivo engañoso. Mezcla avances tecnológicos con condiciones reales de vida.
Es cierto que hoy existen servicios como agua corriente, cloacas o transporte público que antes no estaban disponibles. Pero la pobreza moderna no se mide únicamente por infraestructura: se mide por ingresos, estabilidad laboral, acceso a la vivienda, posibilidad de proyectar un futuro y pertenencia social.
Un rey de principios del siglo XX no tenía WiFi ni televisión, pero tenía seguridad económica absoluta. En cambio, millones de argentinos hoy viven con empleo precario, salarios que no alcanzan y una incertidumbre constante.
El problema central del discurso de Macri es que transforma derechos conquistados en supuestos beneficios suficientes.
Cuando enumera educación pública, cloacas y transporte como si fueran grandes concesiones, implícitamente sugiere que quienes acceden a eso ya deberían sentirse satisfechos. Bajo esa lógica, reclamar mejores salarios, vivienda digna o condiciones de vida más justas aparece como un exceso.
El mensaje subyacente es claro:
“Ya tenés bastante, no pidas más”.
Uno de los puntos más preocupantes de la declaración es cuando señala que el problema es que el pobre “sabe lo que le falta tener”. Es decir, no se cuestiona la desigualdad estructural ni los ingresos insuficientes, sino el deseo de mejorar.
Aspirar a viajar, a consumir, a educarse mejor o a vivir con mayor dignidad pasa a ser visto como una conducta desmedida. La pobreza deja de ser un problema social para convertirse en un problema psicológico: el pobre desea demasiado.
Esta mirada no es nueva. Durante su gestión, otros funcionarios sostuvieron que se había “engañado” a la población haciéndole creer que podía acceder a bienes que “no eran normales” para su nivel salarial. El razonamiento es el mismo: no es que el sistema excluya, es que la gente pretende más de lo que le corresponde.
Decir que “el mundo está cada día mejor” mientras millones de personas no llegan a fin de mes resulta, como mínimo, desconectado de la realidad cotidiana.
No se trata de una visión optimista, sino de una forma de borrar el conflicto social. Si todo mejora, entonces:
Así, la desigualdad deja de ser un problema político y económico para convertirse en un problema de actitud individual.
Las palabras de Macri no son un error de comunicación: son una definición.
Definen una sociedad donde:
unos pocos concentran la riqueza,
muchos sobreviven con lo mínimo,
y lo ideal es que los de abajo no cuestionen ese orden.
No se discute cómo se distribuye la riqueza, sino cómo piensan los pobres. No se analiza el sistema, sino el deseo de quienes quedan afuera.
El verdadero problema de esta declaración no es su torpeza, sino su contenido. Convertir derechos en privilegios, presentar el deseo de progreso como un exceso y naturalizar la desigualdad es una forma elegante de justificar el ajuste y la resignación social.
En una sociedad moderna, aspirar a vivir mejor no es una locura: es un derecho.
Y cuando un dirigente cuestiona ese deseo, lo que está diciendo en realidad es que el problema no es la injusticia, sino quienes se atreven a señalarla.