La decadencia de las calles asfaltadas en Necochea ya no es una percepción aislada ni una queja esporádica de vecinos: es una realidad visible, cotidiana y cada vez más difícil de disimular. Baches profundos, parches superpuestos, hundimientos, grietas y sectores directamente intransitables forman parte del paisaje urbano, incluso en arterias que supieron ser referencia en décadas anteriores. El asfalto, tal como se lo conocía, parece estar pidiendo auxilio.
A este deterioro progresivo se suma un dato clave: el Municipio no cuenta hoy con los fondos necesarios para asfaltar siquiera una cuadra nueva. La obra pública vinculada al pavimento prácticamente se encuentra paralizada y las tareas se limitan, en la mayoría de los casos, a reparaciones provisorias que no resuelven el problema de fondo y que, con el paso del tiempo, demandan más recursos que una intervención integral.
El balance de la actual gestión municipal refuerza esta preocupación. Durante los seis años que lleva Arturo Rojas al frente del Ejecutivo local, se asfaltaron apenas cinco cuadras en total. Una cifra que resulta llamativamente baja —pobrísima, incluso— si se la compara con las gestiones de las últimas décadas, en las que, con mayor o menor continuidad, el asfalto formaba parte de los planes de infraestructura urbana. Hoy, esa política parece haber quedado en pausa indefinida.
En este contexto crítico, desde el bloque de concejales de la Unión Cívica Radical (UCR) se presentó, antes de fin de año, una propuesta alternativa: avanzar en la aplicación del denominado pavimento articulado en aquellas calles que ya cuentan con cordón cuneta, especialmente en barrios residenciales.
La iniciativa plantea adoptar este sistema como método alternativo al asfalto tradicional. El pavimento articulado se compone de bloques o adoquines de hormigón intertrabados, colocados sobre una base granular y una capa de arena. A diferencia del asfalto, no forma una superficie monolítica, sino una estructura flexible que distribuye mejor las cargas y permite una reparación sencilla y localizada: si hay una rotura o una intervención por redes de servicios, los bloques se retiran y luego se recolocan, sin necesidad de romper toda la calzada.

Desde la UCR sostienen que esta alternativa permitiría reducir significativamente los costos, incluso en más de un 50% respecto del asfalto, además de facilitar la utilización de mano de obra local —incluso municipal— y evitar el uso intensivo de maquinaria pesada. También destacan que existen experiencias exitosas en distintos municipios del país, donde el pavimento articulado se utiliza en calles de tránsito moderado, zonas residenciales y sectores con cordón cuneta.
Ahora bien, la pregunta central es si esta propuesta resulta viable para Necochea. A partir de la investigación sobre su aplicación en Argentina, la respuesta no es ni automática ni lineal. El pavimento articulado no es una solución mágica ni reemplaza al asfalto en avenidas de alto tránsito o corredores principales, pero sí aparece como una alternativa concreta y razonable para barrios donde hoy el asfalto está destruido o directamente nunca llegó.
Además, presenta ventajas clave para una ciudad con recursos limitados: menor costo inicial, mantenimiento más económico, rapidez de ejecución y posibilidad de participación comunitaria o esquemas mixtos de financiamiento con frentistas. En una ciudad donde el asfalto nuevo parece inalcanzable, ignorar este tipo de opciones podría ser un error estratégico.
La discusión, entonces, no debería centrarse en si el pavimento articulado es “mejor” o “peor” que el asfalto, sino en qué se puede hacer hoy, con los recursos reales que tiene el Municipio, para empezar a revertir el abandono de las calles. En ese sentido, la propuesta de la UCR pone sobre la mesa un debate necesario: seguir esperando fondos que no llegan o animarse a pensar soluciones distintas para una Necochea que, claramente, ya no puede seguir esquivando baches.